Me dice que me quiere
Tu retrato. Esa fotografía que está encima de mi mesa. Me trae tantos recuerdos, unos malos y otros buenos, me habla de otros tiempos. Tu retrato.
Son veinte años nuestros. Son más de mil secretos y mi pequeña historia, mi relato, que están en tu retrato.
Tu retrato. Me da los buenos días cada vez que me despierto. Sonríe desde lejos y de noche cuando duermo vela por mis sueños. Tu retrato.
Tu retrato. Se siente prisionero mirándome de frente. Mi mudo compañero, silencioso y sonriente me dice que me quiere. Tu retrato.
Os he citado alguna vez este tema de Cecilia, Evangelina Sobredo. Hoy se me ha quedado ahí, dando vueltas. Son unos versos peculiares, sencillos y dramáticos (así escribía ella); están cantados como susurrando. Sube tonos altos y luego baja en plan tristón, despacito, como una melodía de piano cuando se desmaya. La busqué por la red, pero no existe.
Si yo fuera Alma, os la cantaría al oído. Yo canto muy bien. Pero soy sólo un supermán en apuros y me da vergüenza.
Silencioso y sonriente me dice que me quiere.
Una historia que yo vi
Sobre las diez y media de la mañana solemos irnos a almorzar, a menudo acudimos al centro comercial próximo. Un rato de agradable locura, los puñales se guardan en el bolsillo y sin saber cómo el mundo es perfecto y todos maravillosos. Suenan melodías navideñas ya tan pronto, poquitas, algunas luces, no muchas y demasiada gente con prisa. Me encontré ayer de camino con un niño de unos ocho años, sentado en un banco junto a su madre, enfrente justo del escaparate de una conocida tienda de juegos electrónicos. Serio, muy serio, se cruzaron nuestras miradas, la cabecita rapada, con gorra para estar más guapo, delgado y blanco como la leche. Cerca del complejo se encuentra el instituto oncológico, está haciendo una pausa en su tratamiento, pensé. Es una historia que no vi, no la conozco, puede que no exista. La vi en los ojos de ese niño. Para él no hay crisis, ni peleas infantiles, ni de mayores, ni tramposos que metan zancadillas a quien quiere divertirse, ni sinvergüenzas que nos roben la vida y otras cosas. Para él sólo hay estar bien mañana y poder comprar un videojuego. Soñar con ella e imaginar cómo será un beso.
Amarillo
Saliendo ayer tarde de la oficina me encontré un manto amarillo, lluvia de hojas secas. Cubrían casi por completo los parabrisas de los coches estacionados. Igualito que lo cuentan los poetas, pero con coches. Sí, existe lo que cuentan los poetas. Lo vi.
Aún cayendo marchitas parecían divertirse, pegaditas unas a otras. Yo me siento desde hace días así, pero no tan arropado.
Mi enfermera favorita me mete mañana en una cápsula para ver qué le pasa a mi rodilla. A ver si acaba pronto que he de volver en bici por el río y he quedado para ir al cine.
Jope.
1989
Äfrica, jugando a vivir, me envió (nos envío) un correo hablando del año 1989. Es que me aburro (cómo puede aburrirse esta niña haciendo tantas cosas y todas bien). 1989. Yo me encontraba preparando uno de los viajes más largos e importantes que realizó Rosy a España; que el mundo andara revuelto en plena guerra del Golfo nos daba lo mismo. En 1989 comencé a trabajar en la administración pública, el 15 de febrero. Recorrí kilómetros escuchando a Enya y Eros en mi fabuloso troncomóvil repleto de pegatinas, una de ellas avisaba al de atrás… Voy como un bala. Todavía no me había pillado el huracán en el que a punto estuve de perder los dedos agarrado a una valla metálica, empapado por la lluvia y congelado de frío tras varias horas dando banzados de árbol en árbol, una vez que logré escapar de los lametones de fuego ocasionados por la llanta de la rueda delantera izquierda de mi bólido, reventada al ladito mismo del mar de El Puig, allí donde a menudo voy a abrir los brazos, respirar hondo y mirar las estrellas desde los espigones, en el mismo lugar donde quiero que algún día se den de tortas mis cenizas contra las rocas para luego hacer las paces y acariciarse mucho; se portó bien mi coche, ni se le ocurrió dar vueltas de campana. Al fin, preferí salir despedido por el viento y andar un trecho más a la aventura… Si he de morir, lo haré con los dedos puestos, decidí. Una serena actitud me otorgaba el poder de cien mil sables láser; había vivido poco tiempo atrás una de las aventuras más estupendas de mi vida, la pasión desenfrenada del movimiento valencianista, mis segundos amigos inmortales. Pasiones más profundas y maremotos indescifrables me esperaban a la vuelta de la esquina, yo no lo sabía, no sabía nada de nada. En 1989 tenía veinte años menos. Era muy feliz, siempre a mi manera. Hoy lucho por serlo, de otra forma; el truco todavía no lo encontré. Los pequeños problemas me parecían grandes y los grandes muy pequeños. Ahora los pequeños son insignificantes y los otros, insalvables. En 1989 cayó el muro de Berlín. Y también nació Äfrica, alguien que está a mi lado cuando la necesito.
No estaba
La de ojitos dormilones
Si veis a la niña de la mochila azul avisadme.
¿Sabéis quién es? ¿La de ojitos dormilones? ¿La que me dejó gran inquietud y bajas calificaciones?
Me la hacían cantar de pequeño. Me obligaban.
Ahora ya creció Pedro Fernández (antes, Pedrito). No es un niño. Aquí le tenemos cantando junto a David Bisbal Sana mi herida. Qué bonita expresión, verdad! Amigo, sana mi herida. Aún la llevo en mi suspirar.
¿Conocéis la medicina que sana todas las heridas?
Decídmela, por favor.
Garabateando
Este post es para que Nikté deje sus garabatos.
Trrrrrruuuuuuuuuuuurrrrrrrrrrr.
Plaaasssssss!
Et voilà…




