Unos días atrás recibí dos correos que me hicieron meditar. En uno de ellos, de manera muy amable, me explicaba su autora que sólo deseaba recibir artículos interesantes. Huummm, a ver, puedo poner a trabajar a mi equipo de marketing para filtrar los mejores escritos. O librarme del contacto con un clic, pero no, porque es que me cae muy bien esta chica.
El segundo mail que cito sólo decía algo así como… un beso, os quiero mucho, es lo único que sale de mí.
En la mañana de ayer, día espléndido para mirar al cielo, dimos el penúltimo adiós a un familiar querido. Me gusta encontrarme con todos mis primos cuando nos reunimos, aunque haya momentos más divertidos, claro. Llegué a la oficina con prisas, sin tomar nada, como si acudiera al lugar más importante del mundo (éso cree a ratos mi cerebelo) y encontré a mis queridos compañeros discutiendo sobre nimiedades tan transcendentes como el reparto de días vacacionales y otros de similar embergadura. Con sentido del humor, por supuesto. Con sentido del humor algunos seres humanos apuñalan amadamente a otros. No, ésa no es mi vida, la que yo quiero. Vivir es otra cosa. Cada cinco minutos tengo la intención de dedicarme a vivir, pero no es fácil, hay que comprar el pan, preparar la comida, dormir, ir al médico, dar una vuelta en bici, hacer musculitos, ducharse, toser, tomar un vaso de leche caliente con cereales y yogures de soja e intentar que nadie te riña, estudiar, regalar besos, un montón de besos… son muchas cosas. Cogí la mochila y me fui, era más importante arropar a mi padre. Que no pasara un mal rato.
Compas, si llegáis hasta aquí no me odiéis, yo os quiero.
Qué genial, se publicaron varias convocatorias oficiales que me interesaban y ni me enteré, estuve inmerso en asuntos personales que no os cuento por no aburriros más. El caso es que preparé una red de información montada para mantenerme al tanto y nada. Sí, el fallo es mío, siempre es mío. Debo de ser de los que echan la culpa a los demás de mis propias carencias. Y mientras tanto, qué hice, arreglar mundos, resolver recursos irresolubles de mis propios compañeros y repartir donuts. O sea, nada importante. Espabilaos, muchachos, que ésto funciona así. Voy a ver cómo crece la plantación de maría de mi vecino, que me relaja mucho. Hasta luego, amiguitos.
Los días intensos como el de ayer, me pueden. Si ya una cosa normal me afecta, una extra-normal deja mi cerebro sumido en estado de levitación intergaláctica atemporal indescriptible. No, no es que me derrumbe; me derrumban pocas cosas ya. Al contrario, surge el caballero de la oxidada armadura, couldinaman, el que brilla y deslumbra. Alguien me dijo hace unos días que admiraba las cosas que hago y que aprendía de mí. Jo! Cómo me gusta repetir los elogios, verdad! No, no es así, no os los repito a vosotros sino a mí mismo para animarme porque estoy deprimido. Aunque mi depresión es extraña, ya sabéis, es un tobogán de sube y baja. Que se alegra y entristece intermitentemente a intervalos de cinco minutos. Cinco minutos es demasiado tiempo para mantener el mismo estado de ánimo. Me gustan los lunes porque llega la normalidad, sin sobresaltos. Si puede ser sin marrones mejor, pero no me asustan, soy experto en resolución de marrones. Me gustan los días antes de que amanezca, antes de que todo se mueva, porque soy perezoso, soy un perezoso activo. Y me quedo encantado cuando llega la hora en que los vampiros hacen de las suyas, mordiendo cuellos sin hacer daño, la hora de no hacer nada más que envolverte en el misterio de la vida y besar la hierba que te permitió andar. Me gustan los días, me gustan todos los días (Carmen, 7 años).
Ya estoy aquí. Y allí. Estoy en todas partes. Llegué esta vez en bici, por las callejuelas viejas. Qué diver! Viernes de mayo, viernes del segundo domingo. De noche casi. Justo cuando coronan las farolas de la plaza con la aureola de las macecitas de flores blancas que tanto me gustan. De la festa, la vespra. Sí, ahí estoy yo. Como siempre, como ayer.
En el otoño de 2001 un nuevo programa musical aparecía tímidamente en resúmenes diarios a las nueve de la noche, en La 2. Tan sólo un cuarto de hora, para sondear a la audiencia. Sólo era gente, gente joven que cantaba, y que lo hacía bien. Los expertos en share, prime time y estudiosos de parrillas no imaginaron el fenómeno social que estaban inaugurando. Yo me encontraba haciendo las maletas, una de ellas enorme, gigantesca, para mi viaje a México. E intentando dos cosas, poner orden a mi alrededor, cuidar de todo el mundo y de alguien en particular. Y, lo más difícil, poner orden en mi mente, olvidar sin olvidar del todo, sin dejar de sentir, pero no sentir tanto, pasar página de una experiencia profunda que me sobrecogía, decir adiós a unos años demasiado intensos, bueno, nunca nada es demasiado intenso, pero entonces sí lo pareció para mí. Todo fue bien, muy bien, más que bien, todo fue impactante, mágica palabra. El conjunto de nuestros encuentros, que han sido muchos en el transcurso de nuestras vidas, se han visto acompañados por la inquietud de acontecimientos sociales, políticos e históricos que hacían todo más complicado. La guerra Irán-Iraq y otros conflictos alertaron al planeta en la década de los ochenta y a punto estuvieron de frustrar el largo e importante viaje de Rosy, que incluiría a España en su fascinante ruta. En nuestra escapada de 2002 fuimos desinfectados Javier y yo al llegar al último destino del Estado de Guanajuato, León, en plena crisis de las vacas locas, procedente de Europa. Y unos años más tarde nuestros nuevos encuentros familiares coincidieron con los atentados en Madrid, el 11-M. Nada nos disuadió de perseguir nuestros obvjetivos. Mi mayor refugio lo he encontrado allí, a fuerza de cariño amasado con el tiempo. Y la energía para enfrentarme a las vicisitudes que la vida me depararía pronto. Aquellas canciones formaron parte de la banda sonora de nuestro viaje y en apenas unos meses alcanzarían más fama todavía en ese país admirable que aún sabe querer como se quiere de verdad. No, no estábamos escondidos, sino mirando al sol y acostados en la tierra. Un tema tontorrón y emotivo, el que ensayan los españolitos del vídeo y cuya versión original difundieron años antes los mexicanos Olga Tañón y Cristian Castro. Bésame, mientras sientes la piel, que hay detrás de mi piel. Hoy México -por si le faltara algo que soportar- y en cierta medida todos, sufrimos el dolor y la incertidumbre de una nueva alerta sanitaria, nacida de no sé sabe bien dónde ni cómo, porque ya ni capaces somos de cuidar la propia naturaleza que nos da sustento. Pronto pasará todo. Y éso sí, antes nos darán unas cuantas lecciones sobre cómo actuar. En coraje personal, compromiso social y tantos otros valores, de los que nosotros hemos olvidado hasta el nombre.
Meme, mi hermanita pequeña, pequeña en mi concepto de lo pequeño, me regaló ayer un sobrecito de los de azúcar con una frase… He sido un hombre afortunado en la vida: Nada me fue fácil (S. Freud). Me encantan las frases de los sobrecitos de azúcar, cuando las hay y como no los utilizo, los voy regalando yo también. Casualmente ahora mismo acabo de leer otro pensamiento del mismo autor en un widget de Google… Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo. Oh no, creo que no entro en ninguna de las dos clasificaciones. Jum. Que le den a la frase. Y en la copa de caramelos y gominolas de la oficina aún tengo el papelito que envolvía el último bombón de Perugia… A quien más amamos, menos sabemos decírselo. Yo sí lo digo! Dilo con un beso, se lee en la cajita.
Les llevé gominolas a las chicas en la oficina. Les encantan. Y me besan mucho. De nuevo fui a visitar a mi médica porque me pasan cosas muy raras, pero ella y todos se lo toman a cachondeo y me mandan de paseo, a ligar. No me hacen caso, así que a partir de hoy, oficialmente no tengo nada. Me dicen los míos que necesito hablar y desahogarme, y yo casi no hablo. Se me va a olvidar hablar. Tengo un montón de blogs que visitar, creerán que no me acuerdo. Nos avisaron a mediodía, murió mi tía Mercedes. Un beso, tía. Se me hace cuesta arriba acudir mañana a tu misa en Foyos, sólo voy a dejarle flores a la mamá, pero cuando yo quiero. Dedos congelados ya apareció. Un mes sin saber nada de ella, qué morro. Llevo un porrón de años intentando no escribir un diario porque me parece algo de lo más hortera y cursi. Y ahora, mira. Ojo, no es un diario cualquiera, es retroprogresivo. He de sacar las entradas para el teatro, creo que iremos el sábado. Os contaré qué vi.
Griterío de chiquillos. ¿Los oyes? Si das la vuelta a la esquina están ahí. Es un milagro. Sobre altares de madera que crujen la despedida de un milenio. No todo es olvido. No todos olvidan.
Éste es un lugar secreto donde estoy escondido. Poco te puedes mover porque casi no hay nada, está vacío, no sé si abrir la puerta. Podrás viajar hacia atrás o hacia adelante. O incluso quedarte quiet@ y tumbarte en el suelo. Me hará feliz que te guste lo que voy a contar.