Ceyalá

diario retroprogresivo

Etiqueta: Lala

Papelitos

Quiero dedicar este papelito a mi amigo Iesu,

al que le encantan los papelitos y otros juegos intensos, creo…

Un beso para ti, Lala.

El tren de la bruja

Lala me dice que escriba. Que vomite todo lo que llevo. No puedo Lala, no me quedan palabras, se me han olvidado todas, hasta la última. Y no tenía muchas, con unas cuantas hacía juegos malabares, igual que con los sombreros de copa. No me quedan palabras porque no me quedan lágrimas. Estoy seco. No puedo escribir así. Yo sólo hago cosas si estoy feliz, radiante, si veo las lucecitas del puerto que vigila Dionisio, esas que no existen. No puedo porque sólo sé hacerlo si soy el hombre más enamorado del mundo, sólo puedo si me creo un ser enorme siendo apenas una hormiga atómica. El que tiene mil poderes, ese soy yo, el que cura todo con un dedo. Quédate. Estaré aquí mismo. Me voy hasta mañana. Cuando llegue el huracán, que seguro ha de venir. Sólo hasta mañana. Mañana nacerá un mundo nuevo. Nunca hubo noche sin mañana, sabes. No soy yo, Lala. Jesu no es así. Jesu se emociona con el vuelo de una mosca. ¿Sabes lo que quiero? Quiero subir al tren de la bruja como tú. Con Paramparo, y asustar a mi hermanita hasta que llore. Y echarle cubos de agua tramando trampas malignas. Construir cabañas en lo alto de mi casa, cantar desde la azotea por la noche, por la noche bien oscuro. Montarme en el tren de la bruja y atravesar la casa del terror, enredarme en telarañas, tropezar con calaveras y arrancarles la cabeza. Y cogerme fuerte, fuerte y esconderme y dar besos de película. Muchos besos de película. Pensaré que fuimos grandes, pensaré que fuimos dos. Quiero salir de juerga eterna, irme a pegar carteles, cantar y gritar por las calles con mis amigos, lanzar octavilllas y trastear megáfonos, organizar arengas, inventar artículos, idear teorías, enviar cartas de amor y que me digan que son geniales, sin puntos y sin comas. Y tú tienes que irte con todos ellos. Quiero volver a ver volar murciélagos, que se cuelen los vampiros en mi casa, recibirles encantado al entrar por el balcón. Y decirles pase usted, señor vampiro, pase, pase, se lo ruego.

Que me despierten y me abracen y me hagan cosquillas. Que un ser amable pronuncie la palabra mágica secreta, mil veces mil si es necesario. La que convierte en alegres las más tristes desdichas. Que me mienta yo a mí mismo pensando que ha de llegar lo mejor. Que deje ya de aburriros con mis eternos lamentos. Poder aún creer que nada de nada es cierto. Que vuelo, corro, salto y brinco. Que todo lo que ocurrió, ocurrirá para siempre.

Que puedo ser invencible y más, todavía.

Grita al mundo, rompe el aire, hasta que muera tu voz, que el amor es un misterio y que importa sólo a dos

Qué tontería decir no tengo tiempo

Que me reñirá Lala si no le escribo

(yo sé que no, pero lo pienso)

Por delicadeza

Perdí mi vida

Rimbaud

Pues ellas dicen que enamoro con mi voz y se por qué, porque soy tímido y hablo bajito, al oído, para no molestar. Y resulta sexy. Les gusta. Los efectos cada vez son menos arrolladores pero aún consigo objetivos y cuando eso pasa pienso, ostras, todavía, todavía funciona. Y me molan las muñequeras que llevo y ponerme una camisa chula y dejarla entreabierta. Y de dentro lo que más, quisiera pensar que alguien recoge mi ternura, esa que me atenaza, me comprime y me lanza, me envuelve en melancolía y algún rato me olvida. Te cuento esto porque me interrogaste. Lo tengo aquí, mira, en la lista de asuntos pendientes que ocupa tres folios y medio. Voy a ponerle una cruz.

Hecho.

Y esas palabras que has ido descifrando, orgullo, mentira, cobardías, ve aprendiendo a tragártelas, las tuyas y las de los demás, hasta que con una media sonrisa des por comprendido el mundo sin entender nada y pienses, está bien.

Descifrador de maremotos profundos.

En tu mochila cámbiame el bocata de queso por el de mortadela sin colesterol. Mortadela de mentiras.

Y como tu casa de madera hice yo miles con despojos de los árboles. Y aún hoy vivo en una de esas cabañas. Diviértete, pues.

Espero contar por descendientes alquimistas, truhanes, hijos de la alegría y de poetas.

Odias las armaduras. La mía sabes que es diferente. Sólo me protege del dolor de vivir. La necesito. Como en una burbuja que rueda, así voy.

Qué tontería decir no tengo tiempo. Voy haciendo todo lo que he de hacer, como el que cumple promesas, y lo que deseo se queda para lo último. No voy a llegar nunca a lo último.

Qué deseas de verdad, Gilbert…

Algunas cosas requieren de mí tanto esfuerzo que apenas veo más allá, salvo cuando sueño, que es siempre que estoy despierto. Si pasas por aquí, si pasas tú también y tú y tú y tú, y yo no estoy, tenéis que pensar que siempre estoy.

No tardo nada.

¡Ah! ¡Que venga el tiempo

En que los corazones se ilusionen!

Lala está estudiando

Lala está estudiando (o aporreando el piano). No lo sé muy bien. Creo que está estudiándose a sí misma. Le gusta subir a las nubes como a mí, pero tiene los pies más en la tierra que yo, alarga sus piernas hasta que aterriza con suavidad. Es inteligente y sabe que esto es una cosa extraña, una red fantasmagórica donde nada es verdad ni mentira. Se confunden el hola y el adiós, el ahora vuelvo con el hasta siempre, dices te amo con locura y nadie sabe si estás medio dormido, en pijama, estornudando y pensando en la vecina. Las cosas no son distintas al otro lado del espejo; es posible que sólo seamos un holograma, leí ayer en la red.

La de los dos puntitos, los cien nombres y los mil deseos. Un holograma que siente mucho no puede estar quieto en el mismo lugar, necesita patearse la vida, desintegrar las paredes a puñetazos, creer que todo va bien aunque se hunda el barco, transformar el llanto en música y el silencio en palabras bonitas.

Yo te quiero mucho, Lala.

Sé feliz, a mí me cuesta horrores.

– ¿Hacia dónde?

– Hasta las estrellas!

Jack & Rose (Titanic)

No me rendiré, te lo prometo…