Ceyalá

diario retroprogresivo

Etiqueta: Dionisio

El tren de la bruja

Lala me dice que escriba. Que vomite todo lo que llevo. No puedo Lala, no me quedan palabras, se me han olvidado todas, hasta la última. Y no tenía muchas, con unas cuantas hacía juegos malabares, igual que con los sombreros de copa. No me quedan palabras porque no me quedan lágrimas. Estoy seco. No puedo escribir así. Yo sólo hago cosas si estoy feliz, radiante, si veo las lucecitas del puerto que vigila Dionisio, esas que no existen. No puedo porque sólo sé hacerlo si soy el hombre más enamorado del mundo, sólo puedo si me creo un ser enorme siendo apenas una hormiga atómica. El que tiene mil poderes, ese soy yo, el que cura todo con un dedo. Quédate. Estaré aquí mismo. Me voy hasta mañana. Cuando llegue el huracán, que seguro ha de venir. Sólo hasta mañana. Mañana nacerá un mundo nuevo. Nunca hubo noche sin mañana, sabes. No soy yo, Lala. Jesu no es así. Jesu se emociona con el vuelo de una mosca. ¿Sabes lo que quiero? Quiero subir al tren de la bruja como tú. Con Paramparo, y asustar a mi hermanita hasta que llore. Y echarle cubos de agua tramando trampas malignas. Construir cabañas en lo alto de mi casa, cantar desde la azotea por la noche, por la noche bien oscuro. Montarme en el tren de la bruja y atravesar la casa del terror, enredarme en telarañas, tropezar con calaveras y arrancarles la cabeza. Y cogerme fuerte, fuerte y esconderme y dar besos de película. Muchos besos de película. Pensaré que fuimos grandes, pensaré que fuimos dos. Quiero salir de juerga eterna, irme a pegar carteles, cantar y gritar por las calles con mis amigos, lanzar octavilllas y trastear megáfonos, organizar arengas, inventar artículos, idear teorías, enviar cartas de amor y que me digan que son geniales, sin puntos y sin comas. Y tú tienes que irte con todos ellos. Quiero volver a ver volar murciélagos, que se cuelen los vampiros en mi casa, recibirles encantado al entrar por el balcón. Y decirles pase usted, señor vampiro, pase, pase, se lo ruego.

Que me despierten y me abracen y me hagan cosquillas. Que un ser amable pronuncie la palabra mágica secreta, mil veces mil si es necesario. La que convierte en alegres las más tristes desdichas. Que me mienta yo a mí mismo pensando que ha de llegar lo mejor. Que deje ya de aburriros con mis eternos lamentos. Poder aún creer que nada de nada es cierto. Que vuelo, corro, salto y brinco. Que todo lo que ocurrió, ocurrirá para siempre.

Que puedo ser invencible y más, todavía.

Grita al mundo, rompe el aire, hasta que muera tu voz, que el amor es un misterio y que importa sólo a dos

Chance

Chance se abrió paso hacia la salida entre una multitud de parejas de bailarines. En sus ojos subsistía aún la imagen tenue y borrosa del gran salón de baile, de las bandejas de bebidas en el buffet, las flores de muchos colores, las botellas brillantes, filas y más filas de copas rutilantes. Alcanzó a ver a EE en el momento en que la tomaba en sus brazos un general muy alto, lleno de condecoraciones. Pasó entre los flashes de los fotógrafos como a través de una nube. La imagen de todo lo que había visto fuera del jardín se desvaneció.

Chance estaba desconcertado. Reflexionó y tuvo ante sí la imagen empañada de Chauncy Gardiner recortada en un charco de agua de lluvia estancada. Su propia imagen también había desaparecido.

Atravesó el vestíbulo. Por una de las ventanas abiertas entraba el aire helado. Chance empujó la pesada puerta de vidrio y salió del jardín: tensas ramas plenas de nuevos vástagos, gráciles tallos cargados de pequeños retoños se elevaban al cielo. El jardín estaba en calma, sumido aún en el reposo. El viento arrastró unas ligeras nubecillas y la luna brilló en todo su esplendor. De vez en cuando, se oía el susurro de las ramas que, sacudidas ligeramente, dejaban caer pequeñas gotas de agua. Un soplo de brisa descendió sobre el follaje y buscó abrigo entre sus húmedas hojas. Ni un solo pensamiento turbó la mente de Chance. La paz reinaba en su corazón.

Bienvenido Mr. Chance ~ Desde el jardín | Jerzy Kosinski

Como Chance, solo entre muchos, escapando entre la multitud, despistado ante sentimientos que no comprende y que no es capaz de aprehender.

Como Gilbert, Gilbert Grape, el Caballero de la Brillante Armadura, invisible, transparente (no asustes a Gilbert), llevando a cuestas una casa gigante, con un peso enorme, una casa que nadie ve y un peso que nade siente. Deseando todo y sin saber qué desea para sí mismo.

Como Jeffrey Beaumont en su Blue Velvet, queriendo huir de los tormentosos suburbios que le sorprendieron dentro de una oreja y volver volver volver otra vez al mundo real, que sí, puede ser perfecto.

Como Dionisio, haciendo malabares con sombreros de copa, viendo en todos los puertos lucecitas que no existen y que no le van a servir de mucho, después le empujarán, le dirán lo que ha de hacer y lo hará.

Como Paula, invitando a construir castillos en la arena y diciendo adiós detrás de un biombo.

Así me siento yo.