Ceyalá

diario retroprogresivo

Etiqueta: Javier

Los grados del querer

Tuvimos anoche la sala de cine entera para nosotros dos, nadie en el horizonte ni más allá. Por cierto, Javier, ¿tú me quieres bastante? Se echó a reír y contestó:

Sí. (Escueto e impasible, como es él).
Pero, ¿seguro?
Jajaja. Sí, seguro.

Javier está librando una gran batalla, que sobrelleva con su magnífica serenidad.

Conversando con Juan de sus exámenes. Aprovecho la ocasión, sin venir a cuento, para agobiarle un poco con mis interrogantes:

Entonces, Juan Banano. ¿Me quieres bastante?
¡Que sí, Jesu, pesao! (Responde medio enfadado, pero en broma).

Juan ya no es un niño. Ya no lo es desde hace mucho tiempo, pero yo me he dado cuenta hace unos meses. Y él también.

Jorge ha montado su taller de pintura en la galería de la cocina. Junto a la lavadora y la secadora, rodeado de ropa tendida y por tender, de pinzas, detergentes y zapatillas de deporte aireándose al viento, tiene montado el chiringuito de alta tecnología, en el que no falta un pequeño reproductor de vídeos y veinte mil iPods o similares. Allí se centrifuga el cerebro. Allí y sólo allí pinta sus cuadros geniales.

¿Cuánto me quieres, George de la Jungla?
¡Otra vez igual, Jesulín! (Va de sobrao).
Sí, otra vez igual. Dime cuánto…
Muuuuuuuuucho.
¿De verdad?
De verdad, me asegura con la boca pequeña concentrado en sus pinceles.

Mi queridisima perroflauta, te dejé una carta sobre tu escritorio porque no estabas cuando fui a verte. Estarías en clase de teatro.

En clase de teatro, sí. ¡Montando una fiesta! ¡Preciosa la carta! Pequeñita, pero… con contenido. (Le gustó).
Y tú, ¿cuánto me quieres, Eva?
Jolines, Jesu, pues mucho, más imposible. ¡Que no lo sabes ya!
¡Has dicho más imposible, la frase mágica!
Sí, jajaja…

Yo no admito grados en las cosas del querer. O me quieres a lo bestia o ahórrate el esfuerzo. Y además, dímelo. Dímelo un millón de veces.

Después de hablar sobre el universo finito o infinito o sobre el tiempo que no existe, éstas son -sin duda- mis conversaciones favoritas.

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Volvimos ya del pequeño gran viaje. Fue una aventura obligada, un compromiso adquirido. Un reto, una misión, una promesa. Una ilusión, una esperanza, una enorme esperanza. Una sonrisa, pequeña.

Cuando estés mejor iremos, Javier. ¿Prometido?

Melancolía

Existe la creencia de que la infancia es el paraíso de la felicidad, de la alegría. Pero las cifras que desvelan algunos estudios vienen a contradecirla, o al menos a demostrar que si es así, no lo es para todos los niños. El 42,5% de los menores, de una media de edad de 9 años, sufre tristeza, según el último informe de la Red Centinela hecho público por la Conselleria de Sanidad. […]

Desearía que nadie sufriera. Que ni un sólo niño sufriera. Que alguien a quien tanto quiero, dejara de sufrir.
Que la melancolía no sea el regalo con que los dioses premien a los elegidos. Que no haya elegidos. No quiero que sea cierto, no.
No quiero.

Mex

En el otoño de 2001 un nuevo programa musical aparecía tímidamente en resúmenes diarios a las nueve de la noche, en La 2. Tan sólo un cuarto de hora, para sondear a la audiencia. Sólo era gente, gente joven que cantaba, y que lo hacía bien. Los expertos en share, prime time y estudiosos de parrillas no imaginaron el fenómeno social que estaban inaugurando. Yo me encontraba haciendo las maletas, una de ellas enorme, gigantesca, para mi viaje a México. E intentando dos cosas, poner orden a mi alrededor, cuidar de todo el mundo y de alguien en particular. Y, lo más difícil, poner orden en mi mente, olvidar sin olvidar del todo, sin dejar de sentir, pero no sentir tanto, pasar página de una experiencia profunda que me sobrecogía, decir adiós a unos años demasiado intensos, bueno, nunca nada es demasiado intenso, pero entonces sí lo pareció para mí. Todo fue bien, muy bien, más que bien, todo fue impactante, mágica palabra. El conjunto de nuestros encuentros, que han sido muchos en el transcurso de nuestras vidas, se han visto acompañados por la inquietud de acontecimientos sociales, políticos e históricos que hacían todo más complicado. La guerra Irán-Iraq y otros conflictos alertaron al planeta en la década de los ochenta y a punto estuvieron de frustrar el largo e importante viaje de Rosy, que incluiría a España en su fascinante ruta. En nuestra escapada de 2002 fuimos desinfectados Javier y yo al llegar al último destino del Estado de Guanajuato, León, en plena crisis de las vacas locas, procedente de Europa. Y unos años más tarde nuestros nuevos encuentros familiares coincidieron con los atentados en Madrid, el 11-M. Nada nos disuadió de perseguir nuestros obvjetivos. Mi mayor refugio lo he encontrado allí, a fuerza de cariño amasado con el tiempo. Y la energía para enfrentarme a las vicisitudes que la vida me depararía pronto. Aquellas canciones formaron parte de la banda sonora de nuestro viaje y en apenas unos meses alcanzarían más fama todavía en ese país admirable que aún sabe querer como se quiere de verdad. No, no estábamos escondidos, sino mirando al sol y acostados en la tierra. Un tema tontorrón y emotivo, el que ensayan los españolitos del vídeo y cuya versión original difundieron años antes los mexicanos Olga Tañón y Cristian Castro. Bésame, mientras sientes la piel, que hay detrás de mi piel. Hoy México -por si le faltara algo que soportar- y en cierta medida todos, sufrimos el dolor y la incertidumbre de una nueva alerta sanitaria, nacida de no sé sabe bien dónde ni cómo, porque ya ni capaces somos de cuidar la propia naturaleza que nos da sustento. Pronto pasará todo. Y éso sí, antes nos darán unas cuantas lecciones sobre cómo actuar. En coraje personal, compromiso social y tantos otros valores, de los que nosotros hemos olvidado hasta el nombre.

Poderes

Hoy ligué. Me puse contento. Aún funciona! Javier dijo Jesu levanta pasiones y no se da cuenta. Debería hacer caso a mucha gente, aunque me dé la impresión de que es al revés. Cuando algo bonito pasa la vida me parece maravillosa. Y luego… a ver si voy a ser bipolar. Estoy obsesionado con la edad, con mi edad, con la idea de que los años pasan y se me van los poderes. No sé que extraña sensación juega conmigo y me hace creer que la vida es cosa de otros. Y que yo estoy como de guardián.

Decíamos ayer…

Por las tardes voy alguna rara vez al Jardín Botánico a ver gatos.

Como hacía con Isabel, que presumía de aproximarse a ellos y hacerse su amiga. Lo ves.. mira qué tienes que hacer, es fácil. Asi, así. Está cerca de mi casa. Llevo unos días acudiendo allí, mal síntoma. Ahora la Universitat Politècnica lo ha puesto de moda con sus estudios y exposiciones, pero siempre me pareció un jardín triste. Voy cuando no tengo adónde ir. Y paseando entre los centenarios árboles recuperados con mimo exquisito pienso qué cojones hago rodeado de niños traviesos que no quieren biberón, no no nooooooo quiero mamá, abuelitos tomando el sol y la sombra, ven aquí se está bien y estudiantes leyendo libros y fantaseando amores, pájaros bonitos, en lugar de irme corriendo a tomar una copa al bar de Gustavo, el bar de Gustavo es el Café Infanta en el Barri del Carme de Ciutat Vella, que es amigo (amiguito) de Javier, el mayor de mis peques, que ahora se ha dejado una cresta a lo kikiriki y tampoco quiere los biberones de Colacao que le preparaba, yo mentalmente le sigo preparando biberones, él no lo sabe.

Casi de noche me esperaban los gatos como en el paraíso, libres y felices igual igual que me esperaba cada tarde mi pequeña gata Pulguita para jugar conmigo en La Cañada. Hacéis muy buena pareja Pulgui y tú, éramos la envidia de todos. La salvamos, la cuidamos, la quisimos. Bueno, yo no la quería al principio. Quería a su dueña. Y tuve que tragar. Luego las quise a las dos mucho. Ahora ya no están conmigo. Otras personas tampoco están.

Todo pasa, dicen.