Ceyalá

diario retroprogresivo

Etiqueta: Gilbert Grape

Qué tontería decir no tengo tiempo

Que me reñirá Lala si no le escribo

(yo sé que no, pero lo pienso)

Por delicadeza

Perdí mi vida

Rimbaud

Pues ellas dicen que enamoro con mi voz y se por qué, porque soy tímido y hablo bajito, al oído, para no molestar. Y resulta sexy. Les gusta. Los efectos cada vez son menos arrolladores pero aún consigo objetivos y cuando eso pasa pienso, ostras, todavía, todavía funciona. Y me molan las muñequeras que llevo y ponerme una camisa chula y dejarla entreabierta. Y de dentro lo que más, quisiera pensar que alguien recoge mi ternura, esa que me atenaza, me comprime y me lanza, me envuelve en melancolía y algún rato me olvida. Te cuento esto porque me interrogaste. Lo tengo aquí, mira, en la lista de asuntos pendientes que ocupa tres folios y medio. Voy a ponerle una cruz.

Hecho.

Y esas palabras que has ido descifrando, orgullo, mentira, cobardías, ve aprendiendo a tragártelas, las tuyas y las de los demás, hasta que con una media sonrisa des por comprendido el mundo sin entender nada y pienses, está bien.

Descifrador de maremotos profundos.

En tu mochila cámbiame el bocata de queso por el de mortadela sin colesterol. Mortadela de mentiras.

Y como tu casa de madera hice yo miles con despojos de los árboles. Y aún hoy vivo en una de esas cabañas. Diviértete, pues.

Espero contar por descendientes alquimistas, truhanes, hijos de la alegría y de poetas.

Odias las armaduras. La mía sabes que es diferente. Sólo me protege del dolor de vivir. La necesito. Como en una burbuja que rueda, así voy.

Qué tontería decir no tengo tiempo. Voy haciendo todo lo que he de hacer, como el que cumple promesas, y lo que deseo se queda para lo último. No voy a llegar nunca a lo último.

Qué deseas de verdad, Gilbert…

Algunas cosas requieren de mí tanto esfuerzo que apenas veo más allá, salvo cuando sueño, que es siempre que estoy despierto. Si pasas por aquí, si pasas tú también y tú y tú y tú, y yo no estoy, tenéis que pensar que siempre estoy.

No tardo nada.

¡Ah! ¡Que venga el tiempo

En que los corazones se ilusionen!

Chance

Chance se abrió paso hacia la salida entre una multitud de parejas de bailarines. En sus ojos subsistía aún la imagen tenue y borrosa del gran salón de baile, de las bandejas de bebidas en el buffet, las flores de muchos colores, las botellas brillantes, filas y más filas de copas rutilantes. Alcanzó a ver a EE en el momento en que la tomaba en sus brazos un general muy alto, lleno de condecoraciones. Pasó entre los flashes de los fotógrafos como a través de una nube. La imagen de todo lo que había visto fuera del jardín se desvaneció.

Chance estaba desconcertado. Reflexionó y tuvo ante sí la imagen empañada de Chauncy Gardiner recortada en un charco de agua de lluvia estancada. Su propia imagen también había desaparecido.

Atravesó el vestíbulo. Por una de las ventanas abiertas entraba el aire helado. Chance empujó la pesada puerta de vidrio y salió del jardín: tensas ramas plenas de nuevos vástagos, gráciles tallos cargados de pequeños retoños se elevaban al cielo. El jardín estaba en calma, sumido aún en el reposo. El viento arrastró unas ligeras nubecillas y la luna brilló en todo su esplendor. De vez en cuando, se oía el susurro de las ramas que, sacudidas ligeramente, dejaban caer pequeñas gotas de agua. Un soplo de brisa descendió sobre el follaje y buscó abrigo entre sus húmedas hojas. Ni un solo pensamiento turbó la mente de Chance. La paz reinaba en su corazón.

Bienvenido Mr. Chance ~ Desde el jardín | Jerzy Kosinski

Como Chance, solo entre muchos, escapando entre la multitud, despistado ante sentimientos que no comprende y que no es capaz de aprehender.

Como Gilbert, Gilbert Grape, el Caballero de la Brillante Armadura, invisible, transparente (no asustes a Gilbert), llevando a cuestas una casa gigante, con un peso enorme, una casa que nadie ve y un peso que nade siente. Deseando todo y sin saber qué desea para sí mismo.

Como Jeffrey Beaumont en su Blue Velvet, queriendo huir de los tormentosos suburbios que le sorprendieron dentro de una oreja y volver volver volver otra vez al mundo real, que sí, puede ser perfecto.

Como Dionisio, haciendo malabares con sombreros de copa, viendo en todos los puertos lucecitas que no existen y que no le van a servir de mucho, después le empujarán, le dirán lo que ha de hacer y lo hará.

Como Paula, invitando a construir castillos en la arena y diciendo adiós detrás de un biombo.

Así me siento yo.