Ceyalá

diario retroprogresivo

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Cosas malas

¿Haces cosas malas? Me preguntaban los curas en el confesionario con voz bajita y mirada intrigante. ¿Cosas malas? Yo pensaba y pensaba y no lograba alcanzar a saber qué cosas malas podría hacer, ni remotamente. ¿Haces cosas malas en la cama? Cosas malas en la cama, qué podría hacerse de malo en la cama, por qué me sugerían asuntos tan complicados y enigmáticos. Pues ni me asustaban ni me quitaban el sueño. No, contestaba escueto y tajante. Parecían buscar un culpable, el malo, mirad, ese sí lo hace. Igualito pasaba cuando cantábamos en el coro y acercaban sus oídos a nuestros labios intentando averiguar quién desafinaba, para echarlo de la fila. Yo canto como los ángeles, estoy salvado. Con el juego de las canicas se ponían francamente pesados. No os asustéis: el juego de las canicas era el juego de las canicas. Sólo que entre lanzamiento y lanzamiento te soltaban un trallazo… ¿Te llevas bien con tus padres? ¿Con tus hermanos? ¿Tienes buenos amigos? ¿Una amiga especial? Una tarde, apenas después de comer, el padre espiritual me llevó a dar un largo paseo; dimos vueltas y vueltas a un jardín interno, desde lo alto de una de las plantas; hablaba con solemnidad y falsa cercanía, temía que fuera a anunciarme una gran noticia no esperada. Yo, tan perspicaz, en babia absoluta, escuchando atónito, incómodamente rodeado por su brazo sobre mi cuerpo. Al fin supe. En clase de religión comencé a escribir unos rollos impresionantes, les gustaba, se hicieron fans míos. No podían pulsar Me gusta porque nadie inventó todavía las computadoras; el equivalente era el brazo atrapándote, o las canicas. Un día feliz -o algo así- titulé aquel escrito por el que me premiaron. Si anhelas un mundo tan feliz, tal vez desees, tal vez desees ser sacerdote. Oh, my god! Era fácil de entender. Un día feliz en un mundo feliz. Y nada más. ¡Y nada más! Entonces, ¿qué quieres hacer en la vida? Yo quiero ser un niño. Quiero ser un niño y quiero ser un hombre. Un hombre libre. Quiero serlo. Como Chance cuando ve reflejada su silueta en la laguna y se marcha a otro lugar.

Crecí entre miedos jugando a ser valiente, lo mismo que ahora: poco ha cambiado. Contestando preguntas sin conocer respuestas. ¡Debí hacer yo las preguntas! Nadie me dijo que no había camino. Una nueva generación de Jesuitas dejó al poco su impronta. Mi primer profesor de filosofia continuó cuestionándome hasta lo más profundo, pero de otra manera. Lo hacía como si fuera a resolver sus dudas, quién era yo para hacerlo. Confió en mí. Me sentí libre al fin. Me siento libre desde  ese preciso momento.

Poderoso e invencible, como cuando cazaba lagartijas en verano y montaba trenes de bicicletas con mis amigos, divertidísimos trenes de esos que descarrilan a los cinco minutos de haber partido.

Composiciones

Y, ciertamente, algo tan grande que nada mayor pueda ser pensado no puede estar únicamente en el entendimiento, ya que si sólo estuviera en el entendimiento, también podría pensársele como parte de la realidad, y en ese caso sería aún mayor. Esto es, que si algo tal que nada mayor pueda ser pensado estuviera únicamente en el entendimiento, entonces esa misma cosa tal que nada mayor pueda ser pensado sería algo tal que algo mayor sí pudiera pensarse, algo que no puede ser.

Ha de existir, por tanto, y más allá de toda duda, algo tal que nada mayor pueda ser pensado, tanto en el entendimiento como en la realidad.

El padre Gallach me espoleaba constantemente en clase. Un día me hizo explicar el dichoso argumento ontológico de San Anselmo sobre la existencia de dios, ahí en medio de todos. Decía que yo la entendía muy bien. Sus exámenes eran fabulosos, no tanto como los de Mercedes Torrevejano, ya en la Facultad, que nos concedía una semana de tiempo en casa para afrontar sus enormes temas de metafísica. Torrevejano se elevaba en el aula como Santa Teresa. Caía al suelo al sonar el ring. No, estos otros eran composiciones, como él las llamaba. Nos dejaba un título, una frase, un pensamiento y a partir de ese punto debíamos elaborar un texto libre, entre literario y filosófico o lo que te saliera de la punta de algún sitio.

Grandeza y miseria del hombre, La Torre de Babel, desempolvé anoche unos cuantos. Me encantaban las composiciones y me ponían. Me ponía unas notas extraordinarias también. Me descubrió un sendero que todavía hoy transito. Y os digo, no tiene fin. Sabía subirme el ego y bajármelo, creo que todos hacen lo mismo conmigo. Me elevaba a las nubes, salvo cuando se le cruzaban los cables, a él, a mí no, que yo he sido siempre muy formalito, demasiado. Si no le gustaba lo que leía me reñía muchísimo. Un día me devolvió el exámen tachado inmisericordemente con bolígrafo rojo, así como con rabia, con rabia divertida. Escribió al final con letra gigantesca: ¡Esto da náuseas! ¿Quería todo perfecto? A mí no me daba náuseas, a mí me gustaba y no modifiqué ni una coma. Me miró indagando mi respuesta y yo sonreí sólo un poquito. Toma náuseas, pensaba. Mañana más náuseas.

San Anselmo pensó en el concepto de dios como algo perfecto. Como algo perfecto debía reunir todas las propiedades posibles. Reunir todas las propiedades posibles significa también existir. Así, dios debe existir: lo exige la perfección de su propia esencia. Desconocemos si Anselmo de Canterbury tomaba sustancias alucinógenas.

Nuestro mundo podría ser perfecto, aunque sólo fuera para alegrar a Leibniz. O parecerlo, no es tan difícil. El mejor de los posibles, por ser el único. Pero es una mierdecilla. Semprún dijo no es inevitable que este mundo sea injusto. No lo es. No es inevitable, no es inevitable, no es inevitable. Dilo tres veces seguidas con los ojos cerrados.

Indígnate y actúa.

Acordaos

De pequeño cantaba esta pieza, temblando de emoción, cada ocho de diciembre. Sigo llorando al escucharla. No sé por qué me gusta tanto llorar.

Que jamás se oyó decir

que ninguno de los que a ti han recurrido

haya sido de su Madre abandonado

Diario retroprogresivo

ángel 

21 de enero. Ya estoy aquí, mamá! Con esta frase llegaba todos los días al Hospital, apresuradamente, a ver mi madre a la salida del trabajo, durante una larga temporada, enfundándome una bata verde a la que ya tomé cariño y que ella se encargaba de abotonarme debidamente mientras pudo, sonriendo y asegurándome lo mucho que le gustaba con bata de médico.

Cuando pasas una situación límite el resto del mundo deja de existir, nada te preocupa. Las historias tan bellas que me ocurrieron puede que las comparta un día, creo que las guardaré para mí. 

El último día, cuando ya no pude decir ya estoy aquí, me fui corriendo a encender una vela a la plaza de la Virgen. No me había dado tiempo hasta entonces, ni de encenderla ni de llevarle flores ni de rezar. Yo rezo, rezo por costumbre, los Jesuitas me enseñaron a hablar con Dios. Ahora sé que no existe y sigo hablando con él. Hablo con alguien que no existe. Dice Pániker que quien ha tenido un sentimiento religioso durante una época de su vida, le acompañará toda su vida aunque ya no lo tenga.

Encendí la vela pero no me enfadé, -me voy a enfadar con alguien que no existe!- como cuando nos dejó mi abuelo, yo tenía ocho años en ese momento crucial. Y no podía irse, debía enseñarme a construir ángeles de piedra y madera y caritas de vírgenes. Me dijeron que si pedía algo con todas mis fuerzas se cumpliría, pero ésto no se cumplió, me enfadé muchísimo. Pero sólo contaba ocho años, aún no sabía que tenía poderes; lo descubriría un poco más tarde, cuando alguien me enseñó el significado de la palabra Ceyalá. Aprendería a creer en mis propios poderes y a no esperar nada más. O sí?

En mi espacio i m a g i n e cito este nuevo rincón como diario retroprogresivo, debo decir que le tomo prestado el concepto a mi admirado Salvador Pániker, que antes cité. En libros como Primer Testamento o Segunda Memoria, o en toda su obra, va nadando en círculos, hacia atrás, hacia adelante, haciendo filosofía de su propia existencia. Ya no me acuerdo bien para explicarlo, hace mucho tiempo de éso, hace mucho tiempo de todo.

21 de enero. Ese día supe que el amor más grande de mi vida me acompañaría siempre mientras yo quisiera y me mantenga en pie sobre la faz de la tierra.