Ceyalá

diario retroprogresivo

Etiqueta: ángeles

El tren

Es como si el tren que veo delante de mí estuviera siempre a una distancia aproximada de dos metros. Con los brazos casi lo alcanzo, pero no llego a rozarlo. En verdad, eso significa que corro tanto como él. Mi abuelo fue el primero en todo y era siempre (nunca y siempre) el último en subir al tren, esperaba en la estación hasta verlo ya en marcha, esperaba y se hacía de rogar, un minuto, un segundo aún, dos o más -todavía- como para despistar a la audiencia o para hacer creer que se quedaba, pero no podía quedarse, se iría, se fue, no debió irse nunca; daba un salto, se agarraba fuerte y… ale hoop, lograba subirse al fin con gesto impasible y peliculero, sin esfuerzo alguno, saludando sin decir adiós, igual que si hubiera ensayado la escena millones de veces. Como si no dejara a nadie atrás. Mi abuelo sabía hacer eso y también sabía hacer ángeles. Si sabes hacer ángeles, el mundo entero se rinde a tus pies.

Un ángel vuela por mí

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Sin morder

Quiero hacer ángeles, como los hacía mi abuelo. Que me lleve de la mano y me señale el cielo. Que andar sea volar. Subir a mi nube cuando yo lo desee. Que no me duela la cabeza. Quiero cumplir todas las promesas. Que ninguna quede por desatender. Acurrucarme en tu cuello aunque sea sin morder. Y quedarme ahí mucho, mucho rato.

Diario retroprogresivo

ángel 

21 de enero. Ya estoy aquí, mamá! Con esta frase llegaba todos los días al Hospital, apresuradamente, a ver mi madre a la salida del trabajo, durante una larga temporada, enfundándome una bata verde a la que ya tomé cariño y que ella se encargaba de abotonarme debidamente mientras pudo, sonriendo y asegurándome lo mucho que le gustaba con bata de médico.

Cuando pasas una situación límite el resto del mundo deja de existir, nada te preocupa. Las historias tan bellas que me ocurrieron puede que las comparta un día, creo que las guardaré para mí. 

El último día, cuando ya no pude decir ya estoy aquí, me fui corriendo a encender una vela a la plaza de la Virgen. No me había dado tiempo hasta entonces, ni de encenderla ni de llevarle flores ni de rezar. Yo rezo, rezo por costumbre, los Jesuitas me enseñaron a hablar con Dios. Ahora sé que no existe y sigo hablando con él. Hablo con alguien que no existe. Dice Pániker que quien ha tenido un sentimiento religioso durante una época de su vida, le acompañará toda su vida aunque ya no lo tenga.

Encendí la vela pero no me enfadé, -me voy a enfadar con alguien que no existe!- como cuando nos dejó mi abuelo, yo tenía ocho años en ese momento crucial. Y no podía irse, debía enseñarme a construir ángeles de piedra y madera y caritas de vírgenes. Me dijeron que si pedía algo con todas mis fuerzas se cumpliría, pero ésto no se cumplió, me enfadé muchísimo. Pero sólo contaba ocho años, aún no sabía que tenía poderes; lo descubriría un poco más tarde, cuando alguien me enseñó el significado de la palabra Ceyalá. Aprendería a creer en mis propios poderes y a no esperar nada más. O sí?

En mi espacio i m a g i n e cito este nuevo rincón como diario retroprogresivo, debo decir que le tomo prestado el concepto a mi admirado Salvador Pániker, que antes cité. En libros como Primer Testamento o Segunda Memoria, o en toda su obra, va nadando en círculos, hacia atrás, hacia adelante, haciendo filosofía de su propia existencia. Ya no me acuerdo bien para explicarlo, hace mucho tiempo de éso, hace mucho tiempo de todo.

21 de enero. Ese día supe que el amor más grande de mi vida me acompañaría siempre mientras yo quisiera y me mantenga en pie sobre la faz de la tierra.