Un helecho pequeño

por Jesús V. Ferrer

Le he regalado a la nena (mi hermana mayor) un helecho pequeño, ayer segundo domingo de mayo, en el día en que nadie debiera sentirse desamparado. Le regalé un ser vivo como ejercicio práctico, que se las ingenie a ver si le sobrevive un par de semanas, pues todas las plantas se le mueren al momento mientras las mías crecen y crecen como fieras salvajes. Tuvimos un helecho gigante presidiendo la entrada a la terraza, en verano. Disfrutaba mojando a todo y a todos con mi manguera, no dejando títere con cabeza seca, asustar con el agua a presión. A la mamá le gustaban las plantas, aunque se llevaba disgustos con ellas: sin darte cuenta, pum, se mueren. Le encantaba hacer plantas pequeñitas, ver cómo crecían un poco y entonces, regalarlas. Cuando tenía tiempo y estaba contenta, además de cantar se ponía manos a la obra; un tiesto diminuto, unas tijeras para delimitar y extraer el brote elegido con su raíz y una cuchara para agregarle algo de tierra. Creaba como pequeños bonsais, frágiles, perfectos, necesitados de cariño. Era feliz en esos momentos. Sólo ella pasaba con tanta maestría de la alegría a la tristeza sin aviso previo, como hago yo en plan aficionado; a mí no me sale tan bien.

La grandeza del hombre consiste en que carga con su destino como Atlas cargaba con la esfera celeste a sus espaldas. El héroe de Beethoven es un levantador de pesos metafísicos.

No vamos a jugar a ver quién soporta más peso sobre sí. Juguemos a hacerlo liviano.

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