El león dormido

por Jesús V. Ferrer

En mi camino hacia la oficina coincidí ayer con alguien, absolutamente desconocido, que tuvo a bien explicarme por qué es feliz. Soy feliz -dijo- cuando por las mañanas me levanto y compruebo que estoy entero, de una pieza, que no me falta ni un trozo, ni un brazo ni una pierna. ¿Es asombroso, no crees? Soy feliz cuando abro el grifo del lavabo y constato el milagroso hecho de ver brotar el agua como de una fuente y dejo que llegue a mis manos limpia y clara. Cuando me ducho, sí, cuando me ducho; cuando paseo, cuando voy en coche, cuando trabajo. Cuando me marcho por la tarde al campo con la ilusión de recoger ramitas de romero. Cuando llego a casa y veo la tele, también lo soy. Pienso que me encuentro ante un objeto fantástico con luces de colores que me divierte e incluso, en el mejor de los casos, me informa de asuntos lejanos. Soy feliz por la noche porque tengo un suelo donde pisar y un techo que me cobija, cuando me meto en la cama y huelo a sábanas nuevas. Soy feliz, sobre todas las cosas, cuando comparto con alguien todo lo que tengo, que -como ves- no es nada.

Y me adentré de nuevo en mi jungla de cristal, dispuesto a pelear entre leones dormidos.

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