El tren

por Jesús V. Ferrer

Es como si el tren que veo delante de mí estuviera siempre a una distancia aproximada de dos metros. Con los brazos casi lo alcanzo, pero no llego a rozarlo. En verdad, eso significa que corro tanto como él. Mi abuelo fue el primero en todo y era siempre (nunca y siempre) el último en subir al tren, esperaba en la estación hasta verlo ya en marcha, esperaba y se hacía de rogar, un minuto, un segundo aún, dos o más -todavía- como para despistar a la audiencia o para hacer creer que se quedaba, pero no podía quedarse, se iría, se fue, no debió irse nunca; daba un salto, se agarraba fuerte y… ale hoop, lograba subirse al fin con gesto impasible y peliculero, sin esfuerzo alguno, saludando sin decir adiós, igual que si hubiera ensayado la escena millones de veces. Como si no dejara a nadie atrás. Mi abuelo sabía hacer eso y también sabía hacer ángeles. Si sabes hacer ángeles, el mundo entero se rinde a tus pies.

Un ángel vuela por mí

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