Lo de antes

por Jesús V. Ferrer

Nuestra mente actúa de manera conservadora. Cuando tomamos una decisión, razonadamente, el cerebro se resiste durante un tiempo a admitirla, preferirá seguir por el camino conocido. Es algo así como el rechazo a los implantes de órganos: lo considera una agresión, hay que engañarle. En situaciones de estrés se comporta de otro modo: saltan las alarmas y actúa con cierta transgresión. Una determinación tomada en coordenadas de estabilidad -en cambio- nos costará ser entendida por nuestras neuronas, aún habiendo sido nosotros quienes hemos emitido la orden a nosotros mismos. Se producirá un conflicto interno. No es culpa tuya, no es culpa tuya. Siempre, no. No es casual o sin sentido, pues, que nos cueste aceptar cada cambio como si de una gran metamorfosis se tratara: la personalidad se desdobla y nuestro yo no se entiende a sí mismo.

Será con el transcurrir de los acontecimientos cuando el cerebro se autoconvenza de las modificaciones que debe incluir en sus curcuitos, por los beneficios que puede producirnos, llegando a un punto en que -definitivamente- asuma un rol, una conclusión actuante. Rara vez, ya entonces, podremos escapar de sus órdenes, que en su momento fueron las nuestras propias. Un largo y paciente momento en el que todo va cambiando, con lentitud; lo que se antojaba no posible, no autorizado, peligroso, es ya el camino, puede que el único camino. Es lo que ocurre cuando sentimos que algo en lo más profundo de nuestro ser ha sido asumido plenamente: ya ni tienes que decidir, sino dejarte llevar por el fluir de las cosas.

Puede ocurrir de la forma contraria, que el devenir del razonamiento nos inunde y nos lleve a concluir nuevas teorías. Diría que es más común el modo anteriormente descrito, no sé bien, aunque imagino que serán variantes de una misma, diversa y compleja realidad neuronal.

Creo que es así. Ambos métodos bailan entre dos niveles de pensamiento, uno circunstancial y otro profundo, al menos. Lo estaba debatiendo conmigo mismo esta mañana mientras me zampaba un bocata. Que no se me olvide anotar lo de antes, pensé.

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