Conversación al mediodía

por Jesús V. Ferrer

Dediqué la mañana del sábado a realizar unas compras y otros asuntos. No alcanzo a gastarme una cantidad indecente de dinero como Gere, pero conseguiría la pasta de donde fuera si la ocasión y la chica lo merecieran. Coincidí a la salida con la ordenada multitud de estudiantes con libros y carpetas bajo el brazo dirigiéndose hacia la plaza. Me pone el olor a pólvora. Yo quería ir, quería ir, pero catorce bolsas del Corty dificultaban el trayecto. Corte Inglés, sí. Catorce, sí. Decidí pillar un taxi e irme a casa.

HOMBRE TAXISTA. ¡Hay que ver la gente qué ganas tiene de fiesta! (Todo enfadado).

EMPANAO MAN. ¡Sí, es bonito el ambiente!

HT. ¿Bonito? ¿Le gusta? (Dudó en tutearme; mejor así).

EM. Gente, un cielo fabuloso, alegría… ya nos da la vida suficientes tristezas, olvidemos algunas, hombre…

HT. Desde las 12,30 horas está cortado el tráfico al centro, ya me dirás. (Se toma confianzas, quiere insistir).

EM. ¿No queríamos calles peatonales? Guay, es que a todos nos da por utilizar el coche en fallas, es una emoción fuerte, yo mismo acabo de coger un taxi porque estoy empanao.

HT. Eso ya no es para nosotros, ellos son muy jóvenes. (Y dale, el cenizo).

EM. Para mí sí es, para mí sí es.

(Unos minutos de silencio en los que me pregunto por qué me habré metido en ese antro de perversión con ruedas. Cerca de mi destino intento, cómo no, cerrar con una frase amable una conversación estúpida).

EMPANAO MAN (Resolviendo el mundo). Es que hace buen día, tienen ganas de salir a la calle y abrazarse a la vida.

HOMBRE TAXISTA. Bueno, buen día, buen día… (Que te den).

EM. Realmente hace frío, mucho frío, muchísimo y a lo mejor llueve a la tarde. Y mañana es posible que se acabe el mundo. Pero ahora el sol es radiante, tan radiante que le encanta a un vampiro como yo, tan radiante que me late el corazón con más fuerza que hace un rato, tan radiante que me bajo ahora mismo a pasear.

HT. Que lo pases bien, pues.

EM. Y que usted se divierta mucho, señor.

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