El tren de la bruja

por Jesús V. Ferrer

Lala me dice que escriba. Que vomite todo lo que llevo. No puedo Lala, no me quedan palabras, se me han olvidado todas, hasta la última. Y no tenía muchas, con unas cuantas hacía juegos malabares, igual que con los sombreros de copa. No me quedan palabras porque no me quedan lágrimas. Estoy seco. No puedo escribir así. Yo sólo hago cosas si estoy feliz, radiante, si veo las lucecitas del puerto que vigila Dionisio, esas que no existen. No puedo porque sólo sé hacerlo si soy el hombre más enamorado del mundo, sólo puedo si me creo un ser enorme siendo apenas una hormiga atómica. El que tiene mil poderes, ese soy yo, el que cura todo con un dedo. Quédate. Estaré aquí mismo. Me voy hasta mañana. Cuando llegue el huracán, que seguro ha de venir. Sólo hasta mañana. Mañana nacerá un mundo nuevo. Nunca hubo noche sin mañana, sabes. No soy yo, Lala. Jesu no es así. Jesu se emociona con el vuelo de una mosca. ¿Sabes lo que quiero? Quiero subir al tren de la bruja como tú. Con Paramparo, y asustar a mi hermanita hasta que llore. Y echarle cubos de agua tramando trampas malignas. Construir cabañas en lo alto de mi casa, cantar desde la azotea por la noche, por la noche bien oscuro. Montarme en el tren de la bruja y atravesar la casa del terror, enredarme en telarañas, tropezar con calaveras y arrancarles la cabeza. Y cogerme fuerte, fuerte y esconderme y dar besos de película. Muchos besos de película. Pensaré que fuimos grandes, pensaré que fuimos dos. Quiero salir de juerga eterna, irme a pegar carteles, cantar y gritar por las calles con mis amigos, lanzar octavilllas y trastear megáfonos, organizar arengas, inventar artículos, idear teorías, enviar cartas de amor y que me digan que son geniales, sin puntos y sin comas. Y tú tienes que irte con todos ellos. Quiero volver a ver volar murciélagos, que se cuelen los vampiros en mi casa, recibirles encantado al entrar por el balcón. Y decirles pase usted, señor vampiro, pase, pase, se lo ruego.

Que me despierten y me abracen y me hagan cosquillas. Que un ser amable pronuncie la palabra mágica secreta, mil veces mil si es necesario. La que convierte en alegres las más tristes desdichas. Que me mienta yo a mí mismo pensando que ha de llegar lo mejor. Que deje ya de aburriros con mis eternos lamentos. Poder aún creer que nada de nada es cierto. Que vuelo, corro, salto y brinco. Que todo lo que ocurrió, ocurrirá para siempre.

Que puedo ser invencible y más, todavía.

Grita al mundo, rompe el aire, hasta que muera tu voz, que el amor es un misterio y que importa sólo a dos

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