Mi caballo

por Jesús V. Ferrer

En verano (en vacaciones) me han pasado cosas muy bonitas y otras regulares. Estoy haciendo ahora un balance -como aconsejan los psicólogos- para anotar todo lo bueno buenísimo y ver que es muchísimo más que lo otro, aunque mi cerebro se fije mucho en lo otro. Yo también hago listas de propósitos en septiembre. Soy muy disciplinado y suelo cumplir en buena medida los objetivos, como se diría en una empresa. No os aburriré detallándolos, pero sí destaco uno: controlar mi montaña rusa, mi caballo, mi caballo mental, mi estado de ánimo. Que no dé tantas vueltas, que no suba mucho que me da miedo y si lo hace, que no baje a toda pastilla, que me deprimo un montón. Deseo que no pare, que me dé vértigo y cosquillitas. Si se detiene, que lo haga bien arriba, cerca de mi nube. Pero que vaya un poquito más despacio o luego me dolerá la espalda. Mi caballo me guía por cumbres muy borrascosas, solitarias y enigmáticas; lo hace adrede, cree que soy un héroe, está convencido. Yo le sigo fiel, pero es que no sé si me lleva por buen camino. Confío en él.

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