La vida de verdad

por Jesús V. Ferrer

En la mañana de ayer, día espléndido para mirar al cielo, dimos el penúltimo adiós a un familiar querido. Me gusta encontrarme con todos mis primos cuando nos reunimos, aunque haya momentos más divertidos, claro. Llegué a la oficina con prisas, sin tomar nada, como si acudiera al lugar más importante del mundo (éso cree a ratos mi cerebelo) y encontré a mis queridos compañeros discutiendo sobre nimiedades tan transcendentes como el reparto de días vacacionales y otros de similar embergadura. Con sentido del humor, por supuesto. Con sentido del humor algunos seres humanos apuñalan amadamente a otros. No, ésa no es mi vida, la que yo quiero. Vivir es otra cosa. Cada cinco minutos tengo la intención de dedicarme a vivir, pero no es fácil, hay que comprar el pan, preparar la comida, dormir, ir al médico, dar una vuelta en bici, hacer musculitos, ducharse, toser, tomar un vaso de leche caliente con cereales y yogures de soja e intentar que nadie te riña, estudiar, regalar besos, un montón de besos… son muchas cosas. Cogí la mochila y me fui, era más importante arropar a mi padre. Que no pasara un mal rato.

Compas, si llegáis hasta aquí no me odiéis, yo os quiero.

Hoy vine con armadura, ayer se me olvidó en casa.

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