Amélie

por Jesús V. Ferrer

Carlos, Borsha, Dani, Miguel

– Ya lo tengo todo preparado, Carlos. Voy a comprar petardos. Qué haces…
– Estoy tocando el piano. No debes tomarte tantas molestias, Iesu!
– Qué tocas…
– Amélie, pero se resiste.

Pude al fin teneros cerca y abrazaros. Pensé contaros millones de cosas pero no quise aburrir, me gusta escuchar y observar. Sólo hablamos de tonterías, aunque estoy convencido de que las tonterías compartidas son las cosas más importantes de la vida. Para qué más.

Que conocierais todo. De los hombres y mujeres que hacen posible que éso exista. De seres increíbles como Regino Mas, Juan Huerta, Salvador Debón, Alfredo Ruiz, José Pascual, Vicente Luna, Octavio Vicent, Julián Puche, Martínez Mollá, Miguel Santaeulalia, Vicente Agulleiro, Manolo Martín, Agustín Villanueva, Julio Monterrubio… De los importantes y los anónimos. De los que están y los que ya no están.

Quan sentes la melengia dels anys que no han de tornar, la falla és una alegria que casi dona pesar.

De las crónicas irrepetibles de José Ombuena y Mª Ángeles Arazo, de poetas grandes y enormes personas como Anfós Ramón, Xavier Casp o Vicent Andrés Estellés. De los niños del Cant de l’Estoreta.

De quienes luchan con Colosos que se derrumban y crean otros mayores. No lo dudéis, si se vienen abajo los vuestros, fabricad nuevos, más altos. Se puede.

Moriré una vez y otra y sabré que es inagotable la vida.

Le pregunté a Miguel, amigo de León-Guanajuato, qué le pareció ésto.

– Es una locura!
– Lo es.
– Pero, qué sentido tiene! Jaja…

Cansado de explicar razones quise decirle:

– Ningun sentido. Es así y punto. Es así porque estamos vivos. Tu éstás vivo, yo estoy vivo. De momento lo estamos, jaja.

El pasado año escribí unas líneas en el blog de un periódico de mi Comunitat, donde a vuestra edad colaboraba. Lo hice pensando en los nuevos inquisidores de una fiesta pagana que desde sus orígenes luchó contra su prohibición. Una lluvia de comentarios rebeldes me sobrevino, gracias a la cual me situé en el ranking de los más leídos, consiguiendo un viaje a París que -por azares del destino- aún no pude realizar.

No, yo no quiero disculparme.

Quiero que me molesten mucho. Quiero despertarme por la mañana junto a mis torres de Quart, entre murciélagos y cotorras verdes con el estruendo dels trons de bac, salir a la calle paseando sin coches, oler a pólvora y a buñuelo aceitoso, ensuciarme las zapatillas pisoteando esa estupenda mezcla de mechas quemadas, restos de petardos, flores marchitas, arena y virutas de madera (hi ha una estoreta velleta…) Deseo que corten todas las calles y encontrarme a cada paso con un nuevo monumento, contemplar el trabajo de unos hombres y mujeres que durante un año viven de sueños y a veces pierden todo por una ráfaga de viento, sin inmutarse apenas. Sí, quiero que me molesten a la hora de la siesta las bandas de música y emocionarme como cuando era niño y marchar detrás ilusionado a ver hacia dónde van, a algún lugar bonito, seguro, seguirlas hasta la calle de San Vicente y no poder cruzar porque estén desfilando las Comisiones, detenerme a meditar, alzar la vista al cielo y ligarme a una rubiales con ramo, de paso, o al menos sonreirle tímidamente si me mira. Que enciendan millones de bombillas aunque las sujeten todas a la barandilla de mi balcón, que se llenen las calles de marcha noctuna y que no se pueda caminar a las tres de la mañana por el barrio del Carme, me sentaré en una acera a ver pasar gente mientras tomo un par de cubatas, compraré mil cosas que no necesite en los tenderetes ambulantes al acudir a la mascletà. No, yo no quiero disculparme, quiero sentirme vivo y que mi corazón vibre al ritmo de una ciudad que, pese a todas las críticas, sabe vivir su vida. Quiero sentir lo mismo que sentía cuando me llevaba mi abuelo por las noches, cogiditos de la mano, solitarios y con mucho frío, a la plaza del Mercado y del Pilar y del Ayuntamiento y del Doctor Collado y con su dedo mágico me explicaba el significado de los trozos de cartón que subían con cuerdas, quiero apretujarme y que me apretujen y que esté muy lleno, a rebosar, que no pueda ver la falla cuando me acerque a ella ni de puntillas y que mi padre vuelva a subirme al hombro para poder verla un poquito. Vivir noches en vela con mis amigos de la pantà con el corazón en un puño por si se cae o no se cae aquéllo que están montando (éso… éso lo ha hecho un loco, nos decía Pepet señalando su falla). Que me molesten todos mucho y que pueda estremecerme, como el primer día. Y decir, un año más, allí estuve yo.

Volveréis un montón de veces, mis queridos amigos. Cuando estéis aquí dentro de muuuuuchos años y todo ya no sea igual y sintáis frío aunque brille el sol y ya no estén a vuestro lado aquéllos a quienes amáis más que a nada en el mundo. Entonces y sólo entonces desead que os molesten, que os molesten mucho, como yo lo deseo ahora. Decidles que os hagan despertar por las mañanas sin haber dormido y beber sin haber cenado. Que la música os envuelva y bailen vuestros cerebros. Decidles que todo es poco. Gritadles que estáis vivos, todavía. Que lo sepan bien.

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