Eros y espinas | La Capilla de la rosa

por Jesús V. Ferrer

Las rosas sin espinas nacen en la Rosaleda de la Basílica de Santa María de los Ángeles, en Asís. Francisco se enfrentó una noche a sus miedos profundos, en pugna con las dudas sobre su propia vida. Entregando su cuerpo desnudo a las zarzas (ya son ganas) aquéllas se transformaron en rosas silvestres sin espinas, para no hacer daño, que continúan cultivándose en ese jardín. Rosa canina assisiensis. Éso cuenta la historia, yo no sé si es verdad. Asombrados ambos por los pasillos tenebrosos, transitando cada capilla, mi hermanita Meme me dijo…

– Mira, Jesu. Yo creo que los monjes se levantan muy temprano. Seguro que sobre las cinco de la mañana, antes de desayunar, mucho antes de rezar siquiera, se dedican con esmero a cortar todas las espinitas de las rosas.

– ¿Tú crees?

– Sí, estoy segura.

Pobrecita Meme! Con su alegre minifalda no le dejaban visitar ninguna iglesia, incumplía todas las normas y nunca accedió a nuestras recomendaciones de prudencia; muy al contrario, se enfrentaba valiente a cada guardián de las normas con largas y agotadoras argumentaciones morales acerca de sus derechos. Siempre gana cada batalla, es infalible.

Oh, cielos, qué asombroso calor el de aquel verano, desparramados sobre los bancos de la explanada, delirando por conseguir un refresco que no estuviera caliente ni a más de cien metros, rezando por que pasaran las horas en que era imposible moverse. Ohhhhhhhhhh, pero me gusta, me gusta, me gusta el calor y sudar y oler a feromonas. Acabo de leer en Wikipedia que viene del griego y significa llevo excitación. Jaja. Sí, me gusta. Y darme diez duchas seguidas y poner el aire acondicionado y que las últimas gotitas de sudor vayan desapareciendo como si alguien te las succionara. Oh!

Cada noche relatábamos todas nuestras aventuras a nuestra amiga Pilla, de paseo por Perugia, encantadora ciudad universitaria. Cerca también de Gubbio. Allí, en ese justo lugar, arriba de su montaña, me hice fan de Eros. Contemplando el horizonte medio tumbados con los brazos en cruz logré conectar una vieja máquina de música de ésas que funcionan echando monedas y parece que vayan a escacharrarse de un momento a otro. Adesso tu, era el tema. Yo no sabía que esa canción, la que cuenta cómo empezó todo, le haría llorar. Estaba, sigue estando lejos su León-Guanajuato.

Giusseppina estuvo conmigo meses atrás, es su ángel de la guarda. Sí, ya lo expliqué. Casi consiguió que la camarera supersexy del bar de tapas me regalara el vaso de Coca-Cola. Cómo se conocieron ellas dos es una historia tan bonita que merece ser contada. Mañana, mañana será otro día.

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