Decíamos ayer…

por Jesús V. Ferrer

Por las tardes voy alguna rara vez al Jardín Botánico a ver gatos.

Como hacía con Isabel, que presumía de aproximarse a ellos y hacerse su amiga. Lo ves.. mira qué tienes que hacer, es fácil. Asi, así. Está cerca de mi casa. Llevo unos días acudiendo allí, mal síntoma. Ahora la Universitat Politècnica lo ha puesto de moda con sus estudios y exposiciones, pero siempre me pareció un jardín triste. Voy cuando no tengo adónde ir. Y paseando entre los centenarios árboles recuperados con mimo exquisito pienso qué cojones hago rodeado de niños traviesos que no quieren biberón, no no nooooooo quiero mamá, abuelitos tomando el sol y la sombra, ven aquí se está bien y estudiantes leyendo libros y fantaseando amores, pájaros bonitos, en lugar de irme corriendo a tomar una copa al bar de Gustavo, el bar de Gustavo es el Café Infanta en el Barri del Carme de Ciutat Vella, que es amigo (amiguito) de Javier, el mayor de mis peques, que ahora se ha dejado una cresta a lo kikiriki y tampoco quiere los biberones de Colacao que le preparaba, yo mentalmente le sigo preparando biberones, él no lo sabe.

Casi de noche me esperaban los gatos como en el paraíso, libres y felices igual igual que me esperaba cada tarde mi pequeña gata Pulguita para jugar conmigo en La Cañada. Hacéis muy buena pareja Pulgui y tú, éramos la envidia de todos. La salvamos, la cuidamos, la quisimos. Bueno, yo no la quería al principio. Quería a su dueña. Y tuve que tragar. Luego las quise a las dos mucho. Ahora ya no están conmigo. Otras personas tampoco están.

Todo pasa, dicen.

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