Diario retroprogresivo
21 de enero. Ya estoy aquí, mamá! Con esta frase llegaba todos los días al Hospital, apresuradamente, a ver mi madre a la salida del trabajo, durante una larga temporada, enfundándome una bata verde a la que ya tomé cariño y que ella se encargaba de abotonarme debidamente mientras pudo, sonriendo y asegurándome lo mucho que le gustaba con bata de médico.
Cuando pasas una situación límite el resto del mundo deja de existir, nada te preocupa. Las historias tan bellas que me ocurrieron puede que las comparta un día, creo que las guardaré para mí.
El último día, cuando ya no pude decir ya estoy aquí, me fui corriendo a encender una vela a la plaza de la Virgen. No me había dado tiempo hasta entonces, ni de encenderla ni de llevarle flores ni de rezar. Yo rezo, rezo por costumbre, los Jesuitas me enseñaron a hablar con Dios. Ahora sé que no existe y sigo hablando con él. Hablo con alguien que no existe. Dice Pániker que quien ha tenido un sentimiento religioso durante una época de su vida, le acompañará toda su vida aunque ya no lo tenga.
Encendí la vela pero no me enfadé, -me voy a enfadar con alguien que no existe!- como cuando nos dejó mi abuelo, yo tenía ocho años en ese momento crucial. Y no podía irse, debía enseñarme a construir ángeles de piedra y madera y caritas de vírgenes. Me dijeron que si pedía algo con todas mis fuerzas se cumpliría, pero ésto no se cumplió, me enfadé muchísimo. Pero sólo contaba ocho años, aún no sabía que tenía poderes; lo descubriría un poco más tarde, cuando alguien me enseñó el significado de la palabra Ceyalá. Aprendería a creer en mis propios poderes y a no esperar nada más. O sí?
En mi espacio i m a g i n e cito este nuevo rincón como diario retroprogresivo, debo decir que le tomo prestado el concepto a mi admirado Salvador Pániker, que antes cité. En libros como Primer Testamento o Segunda Memoria, o en toda su obra, va nadando en círculos, hacia atrás, hacia adelante, haciendo filosofía de su propia existencia. Ya no me acuerdo bien para explicarlo, hace mucho tiempo de éso, hace mucho tiempo de todo.


Gracias a Dios, ese en el que tampoco creo, que la muerte sólo sirve para el cuerpo.
Lo demás se queda para siempre, es eterno y siempre nos
acompaña.
Hay cosas que ni la propia muerte puede quitarnos
Será ese un misterio de Ceyalá?
Me intriga la palabra, Iesu.
Espero que estés muyyyyy bien!
Besitos desde las afueras del paraíso!
Äfrica
SEguro que Ceyalá tenemos todos y nadie lo sabe, solo los privilegiados capaces de sentir hasta el límite y de creer en ellos atreviéndose a dudar sin miedo.
Supongo que por eso conoces esa enigma que es Ceyalá.
SE te quiere.